Para no olvidar lo que nos ocurrió un 18 de julio, publicamos
esta entrevista a Enrique González Duro, psiquiatra y autor de Las rapadas. El franquismo contra la mujer, que nos
recuerda que “Quienes
olvidan su historia inmediata ‘para no meterse en líos’, suelen acabar
repitiéndola”. El libro ha sido publicado por Siglo XXI Editores, del grupo
editorial Akal.
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Elvira de Miguel. Es usted uno de los psiquiatras más
destacados de nuestro país y ha ejercido en la sanidad pública durante más de
treinta años. Desde que usted empezó hasta ahora, ha llovido mucho. ¿Cree que
las próximas generaciones recibirán los mismos servicios de sanidad públicos
que en los últimos años el estado español ha venido dando?
Enrique González. Actualmente la situación es caótica y todo
indica que irá a peor. Yo empecé en la década de los sesenta. La asistencia
psiquiátrica entraba dentro de la beneficencia y sólo se cubría lo ambulatorio.
Entonces no había ningún plan salvo construir grandes manicomios. Con la muerte
de Franco comenzó a mejorar y la salud mental se incluyó dentro de la seguridad
social con la filosofía: yo cotizo, yo tengo derecho a ser asistido.
Al poco tiempo aparecieron las multinacionales farmacéuticas
con una publicidad muy agresiva. El estado, que era el principal cliente, habría
podido negociar precios e imponer ciertas condiciones, como lo ha intentado
ahora la Junta de Andalucía pero esto no se va a permitir y tampoco se hizo
entonces. El gran bocado de la inversión pública en sanidad se lo llevaron las
multinacionales farmacéuticas que son las que han venido organizando la
formación continuada de los médicos con la invitación a congresos, una manera
indirecta de comprarles porque son, en definitiva, los que recetan las
medicinas. Con la crisis hay una regresión en todos los ámbitos. Los hospitales
tienen grandes listas de espera, pero se echa a los profesionales a la calle y
no se crean nuevas plazas. Paralelamente, hay una corriente privatizadora
encabezada en la Comunidadde Madrid por Esperanza Aguirre que ha encargado a empresas
privadas del sector de la construcción la edificación de hospitales con aspecto
de hoteles de lujo y pésimamente dotados desde la perspectiva sanitaria. Las
empresas privadas que las gestionan cobran al estado por población atendida en
vez de por actuación médica. Harán su agosto porque quedará a su criterio las
actuaciones y enfermos a los que deben atender.
E. M. En su libro Las rapadas, cita usted bastante a un colega suyo, el
doctor Antonio Vallejo-Nájera, psiquiatra del régimen franquista que, en nombre
de la “ciencia”, entre otras cosas, justificaba la separación de los hijos de
sus madres republicanas. De hecho, fue también el encargado de hacer un estudio
que demostrase la inferioridad mental de las personas de ideología marxista.
¿Hay también hoy en la psiquiatría bandos? Si es así, en este momento, ¿en
manos de quiénes está la psiquiatría española?
E. G. Sí, desde luego,
hay bandos pero aun siendo gente que puede identificarse ideológicamente con la
derecha o con la izquierda, ya no son los partidarios de Franco y los de la
República que había durante la Guerra Civil y los primeros años de posguerra. A
los republicanos se les depuró, se les encarceló y solo unos pocos pudieron
exiliarse. No era posible oponerse entonces al régimen. Se aupó a médicos que
habían colaborado con experimentos nazis como López Ibor y Vallejo Nájera que
se convirtieron en los factotum dela profesión. Mi generación estableció una
lucha en contra de los grandes manicomios a la que se denominó la
antipsiquiatría y logramos muchas mejoras, pero con la llegada de la democracia
y el triunfo de Felipe González, se vinieron abajo muchas ilusiones. El PSOE se
dedicó a perseguir a la gente que estaba a su izquierda y a promocionar a los
de la vieja escuela. Hoy se puede decir que es la derecha la que manda también en
la psiquiatría. Pero se caracterizan por estar en mejor sintonía con los
intereses de los grandes laboratorios y en ser más partidarios de medicalizar a
los pacientes. La izquierda, que es minoría, se identifica con usar los
fármacos como una herramienta más, pero no la única, y hacer una medicina más
comprensiva y más rica en sus actuaciones.
E. M. ¿Qué le llevó a usted a interesarse por la historia de
la guerra y en particular por la historia de las mujeres republicanas?
E. G. Es importante saber quién eres y de dónde vienes para
poder decidir a donde vas. Mi padre, que también era médico y un hombre de
derechas, trabajó en la posguerra en el puesto de médico de la cárcel de Jaén
durante un año. La mayoría de los presos políticos que llegaban al centro habían
sido torturados y mi padre daba parte de la situación en que los encontraba.
Por ese motivo le amenazaron desde el Gobierno Civil y le echaron. El silencio
era obligatorio en la derecha y en la izquierda. Nada que fuera mínimamente
crítico se podía siquiera mencionar. En el año 47, siendo yo un niño, presencié
un desfile de mujeres republicanas rapadas por las calles de Jaén. Iban sucias
y cagadas porque antes también las habían obligado a ingerir aceite de ricino
para que se descompusieran. Les hacían fotos que ponían en las peluquerías y
bares. Para las víctimas aquello era peor que una violación. Su escarnio era un
espectáculo público. Yo preguntaba sobre aquello y nadie me respondía. Luego,
todo el mundo lo olvidó, pero quienes olvidan su historia inmediata para “no
meterse en líos”, suelen acabar repitiéndola de alguna manera.
E. M. Toda una generación de mujeres con aspiraciones de ser
libres que habían luchado en la guerra del lado republicano quedó aislada,
primero con la guerra, luego con la dura represión y después con los cuarenta
años de silencio. ¿Cómo nos ha condicionado esa situación a las nuevas
generaciones de mujeres españolas? ¿Y a los varones?
E. G. Esa represión ha condicionado a varias generaciones de
mujeres y hombres y hoy continúa latente. Siempre han acusado a estas mujeres
libres de ser las causantes de la destrucción dela familia. De lo que ellos
entienden por familia. Desean una mujer sumisa que se someta, que se
sacrifique. Son representaciones mentales que tiene hasta mucha gente de
izquierdas.
E. M. El franquismo ejerció una violencia extrema contra las
mujeres republicanas, en particular, pero también una represión feroz sobre las
mujeres que deseaban ser independientes, en general. ¿Qué explicación
psicológica tiene ese abuso institucionalizado del franquismo contra la mujer?
E. G. Las mujeres independientes simbolizaban lo que ellos
odiaban más por sus propios complejos. Les resultaban muy amenazantes. Había
que darles un buen escarmiento porque creían que una mujer que vive a su libre
albedrío se convierte en puta. Demonizaron a las milicianas y también
persiguieron a las enfermeras que fueron sustituidas mayoritariamente por
monjas. Para ellos el único destino posible de la mujer era ser madre.
Obligaron a varias generaciones de mujeres a interiorizar que eran menos
inteligentes y capaces que el hombre. No sirvió. Con la llegada en el año 66 de
los anticonceptivos comenzó la revolución femenina y fue imparable: la mujer
por fin tuvo la posibilidad de decidir cuándo tener descendencia. El sexo ya no
tenía por qué ir unido al temor de un embarazo no deseado. El discurso de las
feministas, a las que tanto se ha ridiculizado, es seguramente el que más ha
calado en nuestra sociedad. Desde entonces, las chicas españolas han evolucionado
mucho y están más liberadas en lo sexual que el resto de las europeas. Es lo
que se llama el efecto rebote.
E. M. Detalla usted en su libro las acciones específicas
contra la mujer llevadas a cabo por el bando triunfador: violación, abusos de
todo tipo, violencia, secuestro de sus hijos… Miles de niños con padres
republicanos fueron segregados y educados a favor del régimen en instituciones
religiosas y/o entregados a familias simpatizantes del régimen. Luego esa
práctica ha continuado hasta la década de los ochenta con familias
desfavorecidas. ¿Quedan hoy muchos españoles que no conozcan su verdadera
identidad?
E. G. Hay muchos más de los que podíamos sospechar. En un
primer momento ocurrió como ahora estamos viendo que pasó en Argentina: robaban
a los bebés, mataban a los padres opositores al régimen y entregaban a los
niños a sus simpatizantes o a instituciones religiosas. Eso evolucionó con el
tiempo y algunos quisieron hacer negocio y siguieron quitando niños a familias
con pocos recursos a las que se decía que el niño había muerto. También con
falsas propuestas de ayuda sustraían los hijos a madres en dificultades,
principalmente solteras embarazadas a las que rechazaban hasta sus propias
familias. Monjas como sor María Gómez Valbuena, hasta la fecha, única imputada
por el robo de bebés, había en clínicas de toda España. Y detrás, muy
probablemente, toda una trama de notarios, enfermeras y médicos como el doctor
Ignacio Villa Elizaga vinculado al Opus, vocal dela Comisión Deontológica del
Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid y padre del actual director
general de Radio Televisión Castilla–La Mancha, Nacho Villa.
E. M. La impunidad ha sido hasta hoy la regla para tratar a
los responsables de esas barbaridades. Como psiquiatra, ¿la mejor mentira es
preferible a la peor verdad?
E. G. Todos necesitamos saber de dónde venimos y cuando la
mentira ha formado parte de lo cotidiano, más si cabe. La sospecha y la
curiosidad que sienten los que han sufrido esas situaciones les obliga a
buscar. Es preciso madurar la situación. Al principio, puede ocurrir que al
enfrentarse con los hechos, los hijos o nietos rechacen a su familia biológica.
Con el tiempo, la verdad es mejor siempre, por dolorosa que sea.
Lo mismo les sucede a quienes buscan a sus familiares en las
cunetas donde fueron asesinados en la guerra y posguerra española. Necesitan
saber, cerrar esa brecha afectiva. El rechazo de un sector de la población se
produce porque ese pasado pertenece a los hijos y nietos de los vencidos, pero
también a los descendientes de los vencedores.
E. M. En el libro abundan los testimonios de mujeres de
todas las edades republicanas o familiares de republicanos a las que se rapaba
el pelo al cero y se las obligaba a ingerir aceite de ricino como medida
represiva. La cabellera femenina parece que sigue siendo objeto de todo tipo de
controversias. Hoy se critica la costumbre de cubrirse el cabello con velos a
las mujeres musulmanas pero, hasta hace unas pocas décadas, las españolas
debían acudir a la iglesia con velo. ¿Que significado psicológico tiene el
cabello femenino que causa tantas proyecciones? ¿Es comparable la represión que
sufrían entonces las españolas con la que sufren hoy las musulmanas?
E. G. El cabello de la mujer es un signo de feminidad y por
eso se ensañaron tanto los fascistas rapándolas. A las Trece Rosas, antes de
asesinarlas, las pelaron al cero. Los franquistas consideraban que no merecían
ser mujeres, ni tener su apariencia.
Las mujeres españolas usaron velo durante varias décadas
para entrar en las iglesias. El control social sobre su atuendo fue tremendo;
debemos recordar también el luto riguroso que usaban muchas mujeres en los
pueblos. Los pañuelos que cubrían sus cabezas… Con un poco de mala suerte, toda
la vida de negro, con lo que eso suponía, de no poder participar en ninguna
diversión… Hay mucha hipocresía. Nadie critica a una monja porque vaya tapada
por una cuestión religiosa. Sin embargo, a una niña se le prohibe asistir al
instituto porque lleva velo. No se puede acabar con esto por decreto. Solo es
cuestión de tiempo y cultura que esas chicas se liberen voluntariamente de las
imposiciones religiosas. Lo hicimos aquí. La sociedad europea es cada día más
laica. Mucho más que EEUU y, desde luego, que los países musulmanes.
E. M. Hay quien siente cierta nostalgia por la castradora y
rigurosa educación que recibieron las mujeres españolas durante varias décadas
con el franquismo. La Iglesia, que cuenta con la mayor subvención del estado
para educar a la infancia en este país, reclama el retorno a viejas
tradiciones. Los más integristas incluso han vuelto a segregar en las escuelas
a niños y niñas. ¿Qué le parecen esas opciones desde el punto de vista
psicológico?
E. G. Nefasta. Es volver a introducir el germen de la guerra
de sexos. Convertirán a esas niñas y niños en monstruitos con problemas
psicológicos. Los padres y los políticos que invierten dinero público en esto
serán los responsables.
E. M. Por último, durante el franquismo se negaba cualquier
derecho a las mujeres con todo lo relacionado con el cuerpo: el placer sexual,
el control de la reproducción, la anticoncepción y, desde luego, el aborto eran
temas tabú, satanizados por una Iglesia que ejercía sin piedad el poder desde
púlpitos y confesionarios. Varias generaciones de españoles han sufrido esas
mutilaciones psicológicas. ¿De qué forma se beneficia el poder al controlar
sexualmente las conciencias y comportamientos individuales y colectivos de unas
y otros?
E. G. El poder siempre ha querido controlar especialmente la sexualidad de las mujeres. A los hombres les ha permitido sus escarceos. La Iglesia incluso ha tolerado de alguna manera la prostitución como una manera de contribuir a la estabilidad de los matrimonios. Detrás de ese control de la sexualidad de la mujer hay un deseo de fiscalizar la descendencia que sólo puede asegurar cada mujer. Por eso durante mucho tiempo todo lo relacionado con el sexo era pecado. Hoy sigue siendo dificilísimo impartir educación sexual en las escuelas. Hace tiempo escribí un libro titulado Represión sexual, dominación social. El poder, lo ostente el Estado o la Iglesia, genera miedo y afirma siempre en sus discursos: o yo o el caos. Suele ocurrir que en las víctimas ese miedo lo que genera es un sentimiento de culpa. Los mismos que te causan ese sentimiento te ofrecen la solución. Antes era la Iglesia con el demonio y la carne. Te creaban la culpa y luego te perdonaban los pecados. Ahora el Estado nos asusta con la crisis económica para darnos como solución recortes en los sectores públicos. Si les funciona y la gente no se rebela, no dudo que empezarán a tocar otras cuestiones como el matrimonio entre homosexuales, el aborto…
Cada mañana me sale al paso una tristeza. Cada mañana se
rinde alguna buena persona que lo está pasando fatal. Cada día me aborda el
desasosiego de un amigo o conocido o desconocido, que no sabe cómo apaciguar su
infierno.
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